En una jornada cargada de simbolismo, el gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, se posicionó en el centro del escenario político nacional al participar de la tradicional vigilia por el 2 de abril en Tierra del Fuego. En ese marco, lo que comenzó como un homenaje a los caídos en Malvinas terminó convirtiéndose en una potente señal de construcción federal del peronismo frente al gobierno de Javier Milei.
Acompañado por el anfitrión Gustavo Melella y el riojano Ricardo Quintela, Kicillof recorrió la “Carpa de la Dignidad” en Río Grande, epicentro emocional del reclamo de soberanía. La foto de los tres mandatarios juntos fue leída de inmediato como el embrión de una mesa opositora con fuerte anclaje territorial, capaz de articular una narrativa común en un momento de reconfiguración del PJ.

La ausencia de la vicepresidenta Victoria Villarruel, quien había amagado con asistir a los actos en el sur, dejó el protagonismo absoluto en manos del mandatario bonaerense. Sin cruces incómodos a la vista, Kicillof aprovechó para endurecer su discurso: “La Patria, la memoria y el territorio nacional no se venden”, lanzó en una clara crítica a la política exterior y de ajuste del Ejecutivo nacional.
Durante el encuentro, los gobernadores enlazaron la causa Malvinas con la defensa estratégica de la industria nacional y el trabajo, puntos de coincidencia vitales entre Buenos Aires y la provincia fueguina. La presencia de excombatientes, gremialistas e intendentes reforzó la idea de un peronismo que busca cohesión en fechas de fuerte identidad patria para exhibir músculo político.
Aunque desde el entorno de Kicillof insisten en que el viaje no tuvo fines electorales, su desembarco en el “fin del mundo” marca el inicio de una agenda de instalación nacional. Entre antorchas y consignas de soberanía, el Gobernador se llevó de Río Grande algo más que una postal institucional: se llevó una plataforma política que lo proyecta decididamente hacia la carrera presidencial de 2027.